Escribanía

Escribir bien abre puertas

miércoles, agosto 14, 2013

Diez errores de forma en los correos electrónicos de trabajo

La periodista y correctora de estilo española Isabel Garzo ha encontrado los siguientes diez errores muy comunes en la escritura de los correos electrónicos que se escriben en las empresas: 

1. Abuso de la palabra “gracias”

Ser agradecido está muy bien, pero hay casos en los que escribir “gracias” puede tener un efecto negativo. Sí, como lo lees. Debemos reservar esa palabra para dos casos:

1. Alguien ha hecho algo por ti y se lo agradeces. Ejemplos: “Gracias por dejar las revistas encima de mi mesa” o “está muy bien el informe, gracias por enviármelo”. Sencillo, ¿no?

2. Por tu cargo, te corresponde pedir a determinada persona que haga algo. Sabes con certeza que lo hará porque es su cometido, así que se lo pides y se lo agradeces de antemano. Por ejemplo: “Necesito las cuentas de los últimos dos trimestres. Gracias”. Hablamos solo de superiores que se dirigen a un subordinado.

Pero hay otros casos en los que escribir “gracias” puede volverse en tu contra:

1. Cuando la otra persona no ha hecho nada por ti. Por ejemplo: te han pedido algo, lo has realizado y al final del correo informativo pones “Gracias”: “Te envío los informes que me pediste. Gracias” o “Ya he terminado la presentación. Gracias”. Es una coletilla que ahí no aporta nada y, además, resta sentido a las veces en las que pongas “gracias” de verdad. Pero es cada vez más frecuente. Tanto, que no sorprende. Hay que leer este párrafo despacio para darse cuenta de que, en efecto, no tiene ningún sentido poner “gracias” en esos casos.

2. Cuando pides un favor a un compañero que no está bajo tu mando y lo que le solicitas no está estrictamente dentro de sus funciones. En ese caso, tu “gracias” puede interpretarse como una orden, como una muestra de que das por hecho que lo va a hacer y no esperas ni siquiera su respuesta. Por ejemplo: “Estoy muy ocupado, ¿podrías hacer tú este mes el resumen de la campaña? Gracias”. La solución es tan sencilla como sustituirlo por un “por favor”. Un “por favor” es humilde. Un “gracias”, cuando no hay nada que agradecer, parece una orden.

2. Tono impersonal al dar una orden

Una costumbre extendida es la de utilizar el tono impersonal en una orden con el propósito de suavizarla, que sin embargo deriva en una ironía poco honrada: “Habría que repasar los encabezados de todas las páginas. Gracias”.

Otra forma es utilizar el plural para dar una orden a una persona concreta. Quizá se haga, de nuevo, para suavizar el mandato; pero el efecto es que esa persona tiene la duda de si en realidad su superior sabe que esa tarea la realiza ella y nadie más, y puede sentirse confusa y poco valorada: “Repasen los encabezados de todas las páginas y luego me lo envías de nuevo”.

3. Correos demasiado extensos

Enviar un correo electrónico es gratis. Ese es el motivo por el que algunas personas se enrollen como las persianas. Una regla no escrita dice que los correos electrónicos deberían tener un máximo de quince líneas. Si la información que quieres transmitir es más extensa, deberías enviar un archivo adjunto. Sobre todo si es algo (instrucciones, pasos, tareas…) que el destinatario puede querer consultar en otro momento.

4. Avisar de los adjuntos

Algunos servidores de correo electrónico muestran los archivos adjuntos de forma más visible que otros. Por eso es imprescindible que avises siempre que adjuntes algo, que digas cuántos archivos adjuntas y que dejes claro qué contiene exactamente cada uno de ellos. ¿Cuántas veces te ha ocurrido que esperas un documento de alguien y te dice que te lo envió adjunto hace tiempo, pero tú no te habías fijado en el adjunto porque el correo trataba de otra cosa? Esto enlaza con los dos puntos siguientes.

5. Un solo tema en cada correo

Trata solo un tema en cada correo electrónico, sobre todo si diriges el correo a una persona despistada o de las que leen “en diagonal”. Además, como ya hemos dicho, son gratuitos. Si tratas varios temas, corres el riesgo de que solo conteste a uno de ellos.

Si quieres que te contesten a varios puntos sobre el mismo tema, numéralos o pon guiones, de manera que sea más difícil para el receptor saltarse uno en su respuesta “sin querer”.

6. Títulos ambiguos

El título del mail debe ser representativo e ir acorde con su contenido. Nada de “hola” o “duda”. Y, por supuesto, nunca envíes un mail sin título. Titular bien facilita que el destinatario se ponga en situación sobre el tema tratado, lo localice fácilmente en una búsqueda futura, etc.

7. Abuso del campo “personas en copia”

Copiar a demasiadas personas en un correo electrónico tiene muchas consecuencias negativas. Algunas de ellas son las siguientes:

-Dice muy poco del remitente: inseguridad, necesidad de aprobación, poca iniciativa, necesidad de justificar sus decisiones…
-Hace que los superiores, copiados en demasiados correos electrónicos “del día a día”, presten menos atención a los correos importantes que sí es imprescindible que vean.
-Promueve las conocidas meteduras de pata que ocurren en cualquier empresa: alguien responde a todos sin querer, alguien no se da cuenta de que cierta persona estaba en copia, etc.
-Es muy poco efectivo: al haber muchas personas en copia, a menudo ocurre que todas ellas piensan que será otra la que conteste y el asunto se queda sin resolver.
-Las personas se sienten vigiladas y observadas. Este modo de trabajar es enemigo de la creatividad y la espontaneidad.
-Ralentiza los procesos de una empresa: es contagioso, se extiende entre todos los empleados, llena sus bandejas de entrada de “paja”, les desvía de los asuntos importantes, interrumpe su trabajo… un efecto “bola de nieve” de manual.

La solución está en intentar que todos tus correos estén dirigidos a un solo destinatario. Cuando es imprescindible poner a más personas en copia, elige solo aquellas que realmente estén interesadas en el asunto tratado y avisa a todos los destinatarios de las personas que están copiadas.

8. Coma en los vocativos

Este tema es una falla muy frecuente en los saludos de los correos electrónicos.
La RAE establece que siempre se utilice coma en los vocativos. No deja lugar a dudas. Copio el artículo completo:

“1.2.3. Se aíslan entre comas los sustantivos que funcionan como vocativos, esto es, que sirven para llamar o nombrar al interlocutor: Javier, no quiero que salgas tan tarde; Has de saber, muchacho, que tu padre era un gran amigo mío; Vengan aquí inmediatamente, niños. Cuando los enunciados son muy breves, se escribe igualmente coma, aunque esta no refleje pausa alguna en la lectura: No, señor; Sí, mujer”.

A pesar de esto, muchas personas insisten en escribir en sus correos cosas como: “Hola Elena”, “Buenos días Germán” o “Gracias Roberto”. Hay comas que son optativas, pero este no es el caso: esta coma es obligatoria.

9. Signo de apertura

Existen. No son un mito ni una pedantería ni algo en desuso. Cada pregunta y exclamación debe ir enmarcada por su signo de apertura y su signo de cierre. Ejemplo: ¡no tengo mucho más que decir al respecto!

10. Releer el correo electrónico antes de enviarlo

Esto soluciona gran parte de los problemas comentados anteriormente. Repasa tu texto antes de darle al botoncito Enviar, que la gran mayoría de las veces modificarás algo. Y, por supuesto, para mejorar.

En los correos electrónicos hay muchos otras fallas: tildes que deberían estar y no están, tildes que están y no deberían estar, mayúsculas incorrectas en los nombres de los meses, dequeísmo, queísmo, laísmo, leísmo… etc.




miércoles, abril 13, 2011

El lenguaje privatizado de los jóvenes


Finalmente, somos las palabras que sabemos. Los jóvenes recientes usan, en correos electrónicos, en charlas (escritas) en internet y en mensajes de texto desde celulares y otros aparatos, unas palabras recortadas, alteradas, onomatopéyicas y con una fuerte carga de oralidad (sustituyen la voz), mezcladas con otras del inglés, para comunicarse entre ellos y el resto del mundo. Es una jerga nueva, en permanente evolución, un código como de secta, de clan, que tiene un indudable ingrediente creativo, lúdico, para marcar distancia y diferencia con el aburrido mundo de los adultos.

La mayoría de los mayores, sobre todo los padres y profesores de esto jóvenes cibernéticos, se quejan y lamentan “este maltrato del idioma” que les “limita el desarrollo de un lenguaje más elaborado”. Hay, sin embargo, otros adultos que sucumben y contemporizan con esta taquigrafía juvenil, la utilizan sin pudor en sus comunicaciones virtuales, quizá por reivindicar una rebeldía tardía, por algún desajuste de identidad o para retardar el inefable arribo a la madurez.

Está comprobado que este sarampión propio de la edad y no de la cultura, es abandonado poco a poco por los jóvenes en la medida en que se alejan del frenesí de la juventud, tal como dejan atrás travesuras e irreverencias.

En España, el año pasado la Fundación del Español Urgente, Fundéu, reunió en un histórico monasterio a lingüistas, investigadores, docentes y escritores para discutir en un seminario sobre El español de los jóvenes, evento que fue inaugurado por el director de la Real Academia Española y presidente de la Fundéu, Víctor García de la Concha.

Una de sus principales conclusiones de ese insospechado suceso fue que “la lengua española, la tercera más hablada en el mundo, sigue viva y en continuo movimiento, como lo prueba la renovación constante de las jergas y lenguas especializadas, como el lenguaje juvenil”. Es decir, que entre los académicos españoles de la lengua no hay alarma por este fenómeno, por el que ni siquiera han caído en la rasgadura de vestiduras.

Otras de las conclusiones sostiene que los jóvenes emplean dos variedades lingüísticas: la jerga propia (o juvenil, usada entre iguales, en situaciones de comunicación no formales y, sobre todo, orales), y la lengua estándar, que ellos utilizan para comunicarse con quienes no comparten ese lenguaje, fuera de sus ambientes y ámbitos cotidianos. “Paradójicamente –destacaron fuera de toda duda-, si en la lengua estándar estos jóvenes poseen ciertas carencias, fruto de la inexperiencia comunicativa, y en algunos casos de una formación insuficiente, su jerga destaca por ser creativa, original e ingeniosa”.

Sus conversaciones escritas funcionan bajo el concepto de una economía lingüística. Acortan las palabras, incluso en los casos en que no es necesario, porque el espacio en la red, por lo general, es suficiente. Esta taquigrafía emocional, incluso no verbal, tiene la desventaja de que el destinatario que no está familiarizado con ella no puede descifrar parcial o completamente el mensaje, situación que no suele ocurrir entre jóvenes.

Por otro lado, Tony Judt, historiador inglés y profesor universitario, afirma en su artículo Palabras, publicado en la revista El malpensante N° 111,  que en la tradición occidental, durante siglos se consideró que la calidad con que se expresaba un argumento era proporcional a la credibilidad del mismo. “La prosa chapucera delata inseguridad intelectual: hablamos y escribimos mal porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos, y somos reacios a afirmarlo sin ambages”, sentencia.

Para Judt, cuando las palabras pierden su integridad, también las ideas expresadas a través de ellas la extravían. “Si privilegiamos la expresión personal sobre la convención formal, privatizamos el lenguaje del mismo modo como hemos privatizado tantos otros territorios”, relampaguea con lucidez.

En su opinión, el resultado es la anarquía.

En mis años juveniles en Barranquilla, en los años sesenta y setenta del siglo pasado, los jóvenes corrientes no tuvimos esta libertad de nombrar el mundo a nuestro gusto y modo. Aún no se había dado en la cultura el énfasis en el individuo autónomo (“Cada uno con su cuento”), el alejamiento de las formas y el artificio a favor de la expresión “natural” y personal. Tampoco había surgido el vasto espacio comunicativo que es hoy internet. Nos expresábamos con decencia, pudor y miedo ante los adultos. Incluso un poco entre nosotros mismos. Sólo a la hora de los recreos escolares, del juego con los amigos de la cuadra o en la fiesta, surgía, sobre todo, el centelleante barranquillerismo –esa deliciosa jerga del barranquillero raizal, popular, irreverente-, patrimonio esencial, particular, para nombrar giros, actitudes, conductas, estados de ánimo, partes del cuerpo, lugares, etc.

Así mismo, en su condición marginal, orillera, los apacibles marihuaneros de barrio, mientras jugaban dominó o bolaetrapo, se daban la libertad de renombrar todo a su modo, de inventar palabras que lanzaban luminosas en medio de la niebla de sus trabas, con los ojos entrecerrados, la boca torcida y haciendo sonar en el aire el chasquido del dedo índice derecho golpeando sobre la ve que forman los dedos medio y pulgar. Los demás los mirábamos y los escuchábamos con atención, hipnotizados, para no perdernos ese súbito espectáculo de creatividad, de imaginación.
 
Hoy, con el fin de cerrar la brecha abismal entre generaciones y tender un puente entre la jerga de los jóvenes de todo el país y sus inquietos padres y profesores, el Departamento de Dialectología del Instituto Caro y Cuervo adelanta un proyecto que busca entender todo este fenómeno e indagar sobre los procesos de creación de estas palabras de jóvenes. Se ha previsto culminarlo con la publicación de un diccionario en el que se describirá el significado de las palabras que ellos emplean a diario. Esperamos que haya un capítulo o se presenten los términos y las acepciones que usan los jóvenes del Caribe colombiano.

Porque a la larga nuestra relación con el mundo está reducida a las palabras. Son todo lo que tenemos.

martes, marzo 08, 2011

¡Ay, García Márquez!

Ayer, Gabo cumplió 84 años. A continuación, un texto que sobre él escribí en 2002.

Donaldo Donado Viloria 

¡Ay, García Márquez en los recuerdos, García Márquez en el orgullo, García Márquez en el corazón, García Márquez en el ejemplo, García Márquez en el aire, García Márquez en el calor, García Márquez en las historias, García Márquez en los periódicos, García Márquez en las memorias, García Márquez en la creación, García Márquez en el modelo difícil de superar, García Márquez en la influencia irrebatible, García Márquez en las nostalgias, García Márquez en la identidad de lo propio, García Márquez en el amigo, García Márquez como el abuelo o el padre, García Márquez en el romanticismo, García Márquez en lo profundo del alma Caribe, García Márquez inmortal, García Márquez a la hora de unir letras, palabras y frases, García Márquez omnipresente, García Márquez todos los días, García Márquez no te mueras...

Pienso en él casi todos los días, como pienso en mi madre, en Barranquilla, en mi infancia. Es como si hubiera sido mi papá, mi amigo entrañable. Mientras tenga algún escrito de él o sobre él, no me sentiré solo jamás. Es una sombra tutelar, una obsesión insuperable.

Recuerdo los días que leí Cien años de soledad en el patio de mi casa en el barrio La Victoria de Barranquilla. Tenía como unos quince años. No recuerdo cómo me encontré con esa obra. Desde sus primeras imágenes fue una lectura absorbente, profunda, inolvidable. Una de las más imborrables y aún nítidas es la de un barco de madera en ruinas, con su velamen raído y deshilachado, varado de lado en medio de un desierto y acosado por flores silvestres que nacieron en las junturas de las maderas rotas; o la del casco de un guerrero medieval, desenterrado con sus huesos adentro.

Después leí El Coronel no tiene quien le escribe, y antes, La mala hora, la que me estimuló a elaborar un análisis sociológico de esa novela, con las luciérnagas de mis lecturas de marxismo de quinceañero intenso. 

Desde esos tiempos cargo la cruz feliz de ser seguidor obseso se la vida y obra del Gabo. Su imagen, su escritura, sus anécdotas vitales, su estilo, su personalidad, me persiguen sin tregua. Si pienso todos los días de mis últimos veinte años en ser escritor es gracias a su presencia, a su ejemplo, a su gloria inmarchitable. Pero no he podido. Deshacerme, arrojar al olvido su influencia todopoderosa ha sido muy difícil, paralizante, diría que frustrante.

Sé que tengo talento para escribir, pero García Márquez no me deja. Su estilo, su cadencia al escribir, se me mete en lo que escribo. En los últimos años he logrado sacudirme de su influjo mágico, casi hipnótico. He despertado poco a poco del encantamiento, del encandilamiento consentido. Creo que esto es una forma del amor. Y creo que necesito desenamorarme de García Márquez, para superar el influjo, el modelo García Márquez.

Curiosamente, el mismo da, con su ejemplo y experiencia, claves para superarlo, para enterrarlo. Unas de esas son la disciplina y la vocación. Sólo por este camino duro y eterno, se hacen los verdaderos escritores, los que descuajan bosques de obstáculos, los que alcanzan el mejor estado físico para darse trompadas a diario con las palabras, los que sienten y van al llamado de sus musas, de sus vísceras.

Reconozco mi habilidad para escribir, la que he perfeccionado con el paso de los años, sin embargo, se me hace un nudo en la cabeza concebir y armar historias creíbles, atractivas, interesantes. Estoy como el pintor principiante que hace leves ejercicio de su oficio, bocetos de personajes o paisajes, pero que no se atreve a entrarle a una obra sudorosa, agobiante, exigente. Tal vez tengo miedo de alguna incapacidad presentida; tal vez no creo mucho en mí como escritor; tal vez necesito vivir más y pasar por algunas etapas no cumplidas aún, para que comiencen a desmadejarse mis raíces, mis brazos, mis ramas de contador de historias. Debo aventurarme a crear y a creer en mí, en mis historias posibles, venideras, en mi capacidad de sentarme todos los días a escribir, a crear, a ser lo que quiero ser.

Una sola vez en mi vida he visto en carne y hueso al genio. Estuve cerca de él, muy cerca. Yo trabajaba como reportero de El Espectador a comienzos de los años noventa, y él como codirector del noticiero de televisión QAP, del que también era novel accionista, concedió una rueda de prensa con las directoras del medio, María Isabel Rueda y María Elvira Samper, en la que sólo él leería un comunicado acerca de la exigencia rotunda de liberación de un camarógrafo del noticiero, que había sido secuestrado por un grupo guerrillero.

No lo podía creer. Ahí estaba el monstruo, la deidad, el tótem vivo de la literatura. Me hablaba, pero no sabía que yo estaba allí, yo que siempre lo he adorado, lo he venerado. Me habría gustado estar a solas con él, hablar de todo y de nada, preguntarle cómo me puedo hacer escritor, por los secretos para escribir bien, preguntarle por Álvaro Cepeda, por la manera cómo  escribía, por sus años vividos en Barranquilla y de por qué no se quedó a vivir allá, hacerme amigo de él, tener ese orgullo; preguntarle por las mujeres que le ha traído la fama, si él es real, si todo lo que ha contado es verdad; saber por sus propias palabras cuándo se pone triste, que si llora mucho, de vez en cuando o nunca, en fin, hablar con él de la vida y de literatura.

Recuerdo que ya tenía su melena grisácea, sus botas de cosaco, y su andar ceremonioso como de vedette del sistem star. Leyó pausado, con su acento méxico-caribe, con su voz de poeta perentorio, de juglar de sílabas nítidas para que nadie deje de escuchar lo que dice, para que nadie quede exento del encantamiento, de la red sutil.

Enseguida, algún periodista le lanzó una pregunta sobre el tema, y para reiterar que no habría preguntas ni respuestas, remató: “Caimán no come caimán”. Cuando comenzó a retirarse del lugar, varios periodistas caminamos detrás de él. Los demás iban en busca de una frase, de una declaración. Yo sólo lo veía, lo observaba, absorbía sus movimientos, sus gestos, sentía su aura, su resplandor de gloria, de divinidad viva; se escabulló por unas escaleras de madera, en la sede del noticiero, y recuerdo muy bien que subió con unos pasos suaves, felinos, femeninos, como de vampiresa en una escalera de caracol rumbo a sus santos aposentos.

Es la única vez. Ahora que sé que ha estado enfermo de cáncer linfático, me gustaría verlo, saludarlo, hablarle, decirle que me duele su enfermedad. Servirle de chofer, en Los Ángeles, donde pasa más tiempo ahora, rumbo a la clínica donde recibe las radioterapias periódicas que seguro han diezmado su temible enfermedad y le han permitido escribir el primer tomo de sus memorias y escribir tres novelas simultáneas de amor. Contarle que he comenzado a escribir pequeñas historias, crónicas noveladas con la complicidad de mi bella mujer, que vi una película, Danzón, donde su hijo Rodrigo es el director de fotografía.

Decirle que me gustó mucho el libro de Yiyo, su hermano muerto, Tras las claves de Melquíades, su biografía, donde le demuestra cuánto lo amaba, cuánto le hubiera gustado ser él, tener su talento, su sabiduría para contar historias, su celebridad, sus amigos, su dinero.

Hablar de su estilo imitado, por ejemplo, por Juan Gossaín en el pasado, de manera descarada, como una muestra de que tampoco se podía deshacer de su influjo mágico, de su tono de fabulador mayor. De que Juan parece hijo de él, o pretende parecerlo, ante todo por el amor infinito que seguro también siente por él; que Juan, ahora viejo y más parlador, ha logrado una identidad en sus últimas crónicas de El Tiempo.

Decirle que mi mujer y yo tuvimos una enorme expectativa con la revista Cambio cuando él se volvió copropietario y codirector de ella, que incluso nos volvimos suscriptores, pero que al cabo de un año resultamos desilusionados de la publicación, porque no se sentía demasiado su sello como escritor, como periodista, que salvo unos muy contados escritos de él publicados, en Cambio no se notaba su presencia, su influencia de planeta mayor de la galaxia del periodismo colombiano. Creíamos que durante su reinado, que aún sigue, habría  un lenguaje más literario en los reportajes, que habría más lugar para las crónicas, en fin para el gozo con la palabra, con la creatividad.

En fin, me gustaría encontrármelo en una fiesta, en una parranda vallenata, para contarle con una cerveza en la mano, con el corazón al galope, con un frenesí incontrolable en la cabeza y con los ojos iluminados de alegría, que me preparo a leer el primer tomo de sus memorias publicitadas hasta el cansancio por la radio y la prensa, tanto, que me hicieron recordar la manera zumbona con que lo ha llamado en el pasado, entre amigos, el poeta y humorista Juan Manuel Roca: “Gabriel García Marketing”; decirle que aspiro a que algún día lea un escrito mío y me dé su concepto, y decirle, que como un padre con su hijo, no quisiera que muriera jamás, y que si llega a hacerlo, sea después de que yo realice también mi gloria de ser escritor, que él me acompañe, para que yo no tenga que decir algo parecido a lo que ha dicho él cuando lo colma la gloria, “siento que el único que me hace falta en este momento es Gabriel García Márquez, para que mi dicha sea completa”. Y que después de esa gloria mía y de mi muerte de viejo, entonces él sí se puede morir tranquilo.  Antes, no.         

martes, febrero 22, 2011

¿Presidente o presidenta?

Los vientos arrasadores de la liberación femenina han llevado a muchas feministas a renegar del supuesto talante machista de la lengua española. En ese camino de crítica, no en pocas ocasiones insensata, han propuesto la reivindicación del género femenino en todas las palabras que se utilizan para designar tantos a hombres como a mujeres.

De llevarse a cabo esta, aparente, loable misión, el idioma que hoy sirve a 450 millones de personas en el mundo caería en el absurdo. Tendríamos, entonces, que expresarnos como recrea un licenciado en castellano y litaratura, el mexicano W. Molina, así: “La pacienta era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas y también atacanta, y la velaron en la capilla ardienta ahí existente”. ¿Absurdo, cierto?

Pues bien, las feministas a ultranza y muchos de sus ciegos seguidores no saben que en español, el plural en masculino implica ambos géneros, por lo que al  dirigirse al público no es necesario ni correcto decir "colombianos y colombianas", “niños y niñas”, etc.

Es correcto decir ambos géneros sólo cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, por ejemplo: "mujeres y hombres", "toros y vacas", "damas y caballeros", etc. 

En consecuencia, se dice ¿presidente o presidenta?  

En español existen los participios activos como derivados verbales. Como por ejemplo, el participio activo del verbo atacar, es atacante; el de sufrir, es sufriente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente; etc.

La terminación “ente”, el que es, el que tiene entidad, es el participio activo del verbo ser. Por esta razón, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación 'ente'. Se dice estudiante, no estudianta; adolescente, no adolescenta; paciente, no pacienta; comerciante, no comercianta...

Por tanto, a la persona que preside se le dice presidente, no presidenta, independientemente de su género. Tampoco, en un arranque de machismo lingüístico, presidento.

martes, febrero 01, 2011

Ese silencio

La más reciente novela de Roberto Burgos Cantor, Ese silencio, es un libro extraño, como un código cerrado. Desde el comienzo y hasta el final impone sus condiciones. A veces parece un largo vallenato de origen, con una claraoscura historia de amor de pueblo, contada como ante un espejo roto; en otras, un vertedero vivo de palabras bellas para representar en detalle y poéticamente, en prosa, la realidad de los personajes.

Hay capítulos de olores, colores y sustancia. Otros de lectura de tránsito, de pantano, de aquí no pasa nada.

Al final queda una visión redonda, más o menos diáfana, completada por el corazón y el pensamiento del exigido lector.

sábado, enero 29, 2011

Escribanía


Desde hoy, este blog de Redactores Profesionales ha comenzado a montar sus mástiles y velas, para lanzarse definitivamente al mar de los comentarios sobre todos los temas. Desde los íntimos o personales, hasta los más públicos y polémicos. Queremos hablar aquí de todo, encuerarnos desde el alma sin pudor, recibir y tolerar todos los comentarios, intentar no dejar títere con cabeza, aportar nuestras obsesiones, dudas, temores, certezas, saberes, sentimientos, terrores, grandezas, mezquindades y demás materiales humanos, a los temas más sensibles, a nuestro parecer, de la realidad colombiana y mundial.

Esperamos que las velas de este humilde barco sean insufladas y henchidas por las visitas de nuestros lectores, así sean continuas o periódicas, y por sus comentarios de todos los calibres, estirpes y raleas. ¡Bienvenidos!