Ayer, Gabo cumplió 84 años. A continuación, un texto que sobre él escribí en 2002.
Donaldo Donado Viloria
¡Ay, García Márquez en los recuerdos, García Márquez en el orgullo, García Márquez en el corazón, García Márquez en el ejemplo, García Márquez en el aire, García Márquez en el calor, García Márquez en las historias, García Márquez en los periódicos, García Márquez en las memorias, García Márquez en la creación, García Márquez en el modelo difícil de superar, García Márquez en la influencia irrebatible, García Márquez en las nostalgias, García Márquez en la identidad de lo propio, García Márquez en el amigo, García Márquez como el abuelo o el padre, García Márquez en el romanticismo, García Márquez en lo profundo del alma Caribe, García Márquez inmortal, García Márquez a la hora de unir letras, palabras y frases, García Márquez omnipresente, García Márquez todos los días, García Márquez no te mueras...
Pienso en él casi todos los días, como pienso en mi madre, en Barranquilla, en mi infancia. Es como si hubiera sido mi papá, mi amigo entrañable. Mientras tenga algún escrito de él o sobre él, no me sentiré solo jamás. Es una sombra tutelar, una obsesión insuperable.
Recuerdo los días que leí Cien años de soledad en el patio de mi casa en el barrio La Victoria de Barranquilla. Tenía como unos quince años. No recuerdo cómo me encontré con esa obra. Desde sus primeras imágenes fue una lectura absorbente, profunda, inolvidable. Una de las más imborrables y aún nítidas es la de un barco de madera en ruinas, con su velamen raído y deshilachado, varado de lado en medio de un desierto y acosado por flores silvestres que nacieron en las junturas de las maderas rotas; o la del casco de un guerrero medieval, desenterrado con sus huesos adentro.
Después leí El Coronel no tiene quien le escribe, y antes, La mala hora, la que me estimuló a elaborar un análisis sociológico de esa novela, con las luciérnagas de mis lecturas de marxismo de quinceañero intenso.
Desde esos tiempos cargo la cruz feliz de ser seguidor obseso se la vida y obra del Gabo. Su imagen, su escritura, sus anécdotas vitales, su estilo, su personalidad, me persiguen sin tregua. Si pienso todos los días de mis últimos veinte años en ser escritor es gracias a su presencia, a su ejemplo, a su gloria inmarchitable. Pero no he podido. Deshacerme, arrojar al olvido su influencia todopoderosa ha sido muy difícil, paralizante, diría que frustrante.
Sé que tengo talento para escribir, pero García Márquez no me deja. Su estilo, su cadencia al escribir, se me mete en lo que escribo. En los últimos años he logrado sacudirme de su influjo mágico, casi hipnótico. He despertado poco a poco del encantamiento, del encandilamiento consentido. Creo que esto es una forma del amor. Y creo que necesito desenamorarme de García Márquez, para superar el influjo, el modelo García Márquez.
Curiosamente, el mismo da, con su ejemplo y experiencia, claves para superarlo, para enterrarlo. Unas de esas son la disciplina y la vocación. Sólo por este camino duro y eterno, se hacen los verdaderos escritores, los que descuajan bosques de obstáculos, los que alcanzan el mejor estado físico para darse trompadas a diario con las palabras, los que sienten y van al llamado de sus musas, de sus vísceras.
Reconozco mi habilidad para escribir, la que he perfeccionado con el paso de los años, sin embargo, se me hace un nudo en la cabeza concebir y armar historias creíbles, atractivas, interesantes. Estoy como el pintor principiante que hace leves ejercicio de su oficio, bocetos de personajes o paisajes, pero que no se atreve a entrarle a una obra sudorosa, agobiante, exigente. Tal vez tengo miedo de alguna incapacidad presentida; tal vez no creo mucho en mí como escritor; tal vez necesito vivir más y pasar por algunas etapas no cumplidas aún, para que comiencen a desmadejarse mis raíces, mis brazos, mis ramas de contador de historias. Debo aventurarme a crear y a creer en mí, en mis historias posibles, venideras, en mi capacidad de sentarme todos los días a escribir, a crear, a ser lo que quiero ser.
Una sola vez en mi vida he visto en carne y hueso al genio. Estuve cerca de él, muy cerca. Yo trabajaba como reportero de El Espectador a comienzos de los años noventa, y él como codirector del noticiero de televisión QAP, del que también era novel accionista, concedió una rueda de prensa con las directoras del medio, María Isabel Rueda y María Elvira Samper, en la que sólo él leería un comunicado acerca de la exigencia rotunda de liberación de un camarógrafo del noticiero, que había sido secuestrado por un grupo guerrillero.
No lo podía creer. Ahí estaba el monstruo, la deidad, el tótem vivo de la literatura. Me hablaba, pero no sabía que yo estaba allí, yo que siempre lo he adorado, lo he venerado. Me habría gustado estar a solas con él, hablar de todo y de nada, preguntarle cómo me puedo hacer escritor, por los secretos para escribir bien, preguntarle por Álvaro Cepeda, por la manera cómo escribía, por sus años vividos en Barranquilla y de por qué no se quedó a vivir allá, hacerme amigo de él, tener ese orgullo; preguntarle por las mujeres que le ha traído la fama, si él es real, si todo lo que ha contado es verdad; saber por sus propias palabras cuándo se pone triste, que si llora mucho, de vez en cuando o nunca, en fin, hablar con él de la vida y de literatura.
Recuerdo que ya tenía su melena grisácea, sus botas de cosaco, y su andar ceremonioso como de vedette del sistem star. Leyó pausado, con su acento méxico-caribe, con su voz de poeta perentorio, de juglar de sílabas nítidas para que nadie deje de escuchar lo que dice, para que nadie quede exento del encantamiento, de la red sutil.
Enseguida, algún periodista le lanzó una pregunta sobre el tema, y para reiterar que no habría preguntas ni respuestas, remató: “Caimán no come caimán”. Cuando comenzó a retirarse del lugar, varios periodistas caminamos detrás de él. Los demás iban en busca de una frase, de una declaración. Yo sólo lo veía, lo observaba, absorbía sus movimientos, sus gestos, sentía su aura, su resplandor de gloria, de divinidad viva; se escabulló por unas escaleras de madera, en la sede del noticiero, y recuerdo muy bien que subió con unos pasos suaves, felinos, femeninos, como de vampiresa en una escalera de caracol rumbo a sus santos aposentos.
Es la única vez. Ahora que sé que ha estado enfermo de cáncer linfático, me gustaría verlo, saludarlo, hablarle, decirle que me duele su enfermedad. Servirle de chofer, en Los Ángeles, donde pasa más tiempo ahora, rumbo a la clínica donde recibe las radioterapias periódicas que seguro han diezmado su temible enfermedad y le han permitido escribir el primer tomo de sus memorias y escribir tres novelas simultáneas de amor. Contarle que he comenzado a escribir pequeñas historias, crónicas noveladas con la complicidad de mi bella mujer, que vi una película, Danzón, donde su hijo Rodrigo es el director de fotografía.
Decirle que me gustó mucho el libro de Yiyo, su hermano muerto, Tras las claves de Melquíades, su biografía, donde le demuestra cuánto lo amaba, cuánto le hubiera gustado ser él, tener su talento, su sabiduría para contar historias, su celebridad, sus amigos, su dinero.
Hablar de su estilo imitado, por ejemplo, por Juan Gossaín en el pasado, de manera descarada, como una muestra de que tampoco se podía deshacer de su influjo mágico, de su tono de fabulador mayor. De que Juan parece hijo de él, o pretende parecerlo, ante todo por el amor infinito que seguro también siente por él; que Juan, ahora viejo y más parlador, ha logrado una identidad en sus últimas crónicas de El Tiempo.
Decirle que mi mujer y yo tuvimos una enorme expectativa con la revista Cambio cuando él se volvió copropietario y codirector de ella, que incluso nos volvimos suscriptores, pero que al cabo de un año resultamos desilusionados de la publicación, porque no se sentía demasiado su sello como escritor, como periodista, que salvo unos muy contados escritos de él publicados, en Cambio no se notaba su presencia, su influencia de planeta mayor de la galaxia del periodismo colombiano. Creíamos que durante su reinado, que aún sigue, habría un lenguaje más literario en los reportajes, que habría más lugar para las crónicas, en fin para el gozo con la palabra, con la creatividad.
En fin, me gustaría encontrármelo en una fiesta, en una parranda vallenata, para contarle con una cerveza en la mano, con el corazón al galope, con un frenesí incontrolable en la cabeza y con los ojos iluminados de alegría, que me preparo a leer el primer tomo de sus memorias publicitadas hasta el cansancio por la radio y la prensa, tanto, que me hicieron recordar la manera zumbona con que lo ha llamado en el pasado, entre amigos, el poeta y humorista Juan Manuel Roca: “Gabriel García Marketing”; decirle que aspiro a que algún día lea un escrito mío y me dé su concepto, y decirle, que como un padre con su hijo, no quisiera que muriera jamás, y que si llega a hacerlo, sea después de que yo realice también mi gloria de ser escritor, que él me acompañe, para que yo no tenga que decir algo parecido a lo que ha dicho él cuando lo colma la gloria, “siento que el único que me hace falta en este momento es Gabriel García Márquez, para que mi dicha sea completa”. Y que después de esa gloria mía y de mi muerte de viejo, entonces él sí se puede morir tranquilo. Antes, no.
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